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671 millas entre Cádiz y Arrecife

Texto: Kathrin y August en colaboración con la revista náutica Skipper
Fotos: Kathrin y August
Trimaran  
 
   

Habíamos pasado parte del invierno y la primavera navegando por el litoral mediterráneo español y las Baleares. En primavera bajamos desde el Ebro hacia Marina Smir (Marruecos) y Gibraltar, luego remontamos el Guadiana hasta Mertola (Portugal), y desde Lagos (Portugal) intentamos llegar a la isla de Madeira.

No obstante, a unas 100 millas del Cabo de San Vicente nos sorprendió un temporal fuerte con vientos de 100 km/hora y una molesta lluvia horizontal. Los rayos caían tan cerca que temíamos que alguno hiciera diana sobre nuestro mástil, de 9 metros.

Por fin, después de 36 horas de continuos sustos, lográbamos regresar a la península, en concreto a Cádiz.

Afortunadamente en la ciudad el ambiente era otro, en especial el del Real Club Náutico. Allí pasamos los primeros días de junio en el Internet-Café de Cádiz, navegando por las páginas de www.wetteronline.de/segel.htm, informándonos sobre las condiciones atmosféricas que nos encontraríamos en la travesía de Cádiz a Arrecife, que queríamos comenzar el jueves 10 de junio.

El pronóstico era favorable: vientos del NE y del NOE, de 5 a 15 nudos, en popa. Lo mejor para nuestro rumbo de 225º . Según nuestros cálculos, en tres días llegaríamos a Arrecife.

Para la travesía habíamos estibado el equipaje en bolsas estancas y en bidones, almacenando la comida en latas y contábamos con reserva de agua para cinco días. Asimismo, nos equipamos con un GPS (Garmin 38), con unas pilas de reserva, dos linternas, un compás sin iluminación, un mapa de carreteras Michelín de Marruecos y Lanzarote con coordenadas, bengalas y niebla naranja y los estupendos chalecos salvavidas y trajes de Lalizas.

Todo contribuía a nuestra seguridad, aunque algunos artículos hacía más de cuatro años que habían caducado.

La bolsa salvavidas iba a ser el propio Trikala 19, el trimarán de la firma Brudimar que cambiamos por el catamarán con el que iniciamos nuestra aventura.

Tras recorrer con él la mayor parte de las 5.000 millas que llevábamos, el Trikala 19 se convirtió, de hecho, en el mejor flotador, puesto a prueba en temporales al norte de Menorca y en el Cabo de Creus.

Sin mayor dilación, ni avisar a familiares o amigos –para que pudieran pegar ojo-, partimos el jueves 10 de junio.

Inicios difíciles

Salimos de la bahía de Cádiz con el gennaker a las once de la mañana, acompañados de una fuerza 2-3 y sin olas. A la hora de comer dejó de soplar y pusimos en marcha el motor para avanzar algo más.

Parecía que iba a ser un día tranquilo. Sin embargo, a medida que nos adentrábamos en la corriente del Estrecho, las olas fueron aumentando hasta alcanzar el metro de altura. Venían de todos los costados y algunas llegaban a barrer la cubierta del Trikala.

A media tarde, todavía ayudado por los 2 CV del motor Honda, nos enfrentamos a un oleaje aún mayor, de hasta dos metros.

La embarcación batía el mar; saltaba y caía una y otra vez. Mantener el rumbo se hacía más y más difícil. Mantenernos secos ya era imposible.

Horas más tarde se levantó por Levante fuerza 4-5, mientras las olas zarandeaban al trimarán y la proa se hundía más y más. Para reducir la velocidad tomamos dos rizos, y aun así tuvimos que bajar la mayor y dejar sólo el foque. Ahora la navegación era más incómoda, pero también más segura a 4-6 nudos.

La noche caía y el viento aumentaba. Hacia las diez nos hallábamos inmersos en una oscuridad absoluta y con fuerza 6-7 NE, a 60 millas de Cádiz y a 70 de las costas de Marruecos. Una hora después, las olas alcanzaban los 5 metros de altura y venían del NE y NOE. Lo peor era que su cresta de espuma, en ocasiones, medía un metro. Como mantener el rumbo era una tarea difícil, decidimos navegar con medio foque.

Preparados para lo peor

Durante la noche del jueves al viernes se mantuvo la fuerza del viento, y las olas, con más y más espuma blanca, rondaban ya los 6 metros. Para verlas venir teníamos la vista clavada en la popa, aunque lo único apreciable en la oscuridad eran las crestas. De hecho, raramente las vimos a tiempo. Navegábamos a palo seco. En esta situación recurrimos de nuevo al motor para frenar las embestidas del mar.

 
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